literatura erótica

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    Vizconde de Valmont
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    LIbros con temática erótica y algunos con BDSM:

    - La rendición de Tony Bentley (mucha sodomía) editorial: TUSQUETS

    - Lo erótico como sagrado, D.H. Lawrence, Henry Miller, Algo Pelegrini. editorial:ARGONAUTA

    - Erotismo de autoayuda, Elva Illouz (ensayo sobre el boom de 50 sombras) editorial: CAPITAL INTELECTUAL.

    - Operación Bukowski, Enrique Ferrari. (un escritor tras los pasos de Bukowski) editorial: NOVELA MONDRAGON.

    - Diarios amorosos (compilación Incesto y Fuego) Anais Nin. editorial: Siruela

    - Historias de O, Pauline Réage. editorial: Tusquets

    - Azotame (20 relatos eróticos) Antología Miranda Flores. editorial: SexyBooks

    - Elogio de la Azotina, Jacques Serguine. editorial: Tusquets

    - Factotum, Mujeres, Cartero, Hollywood, Música de cañerías, La senda del perdedor. Charles Bukowski. editorial: Anagrama

    - Tropico de Capricornio. Henry Miller. editorial: Plaza & Janes

    - Tropico de Cancer. Henry Miller. editorial: Plaza & Janes

    - El Libro de Rachel (novela brillante y sarcastica mas allá de lo erótico). Martin Amis. editorial: Anagrama.

    - La ceremonia del masaje, Alan Bennet (novela con pasajes eróticos) editorial: Anagrama

    - Porno, Irvine Welsh (saga sexual y violenta de Trainspotting). editorial: Anagrama

    - El goce supremo, Sarah. editorial: Anagrama

    - Chanchadas, Marie Darrieussecq, editorial: Alfaguara

    - Cachondeos, escareos y otros meneos. Camilo José Cela. editorial: Temas de hoy.

    - La filosofía en el tocador. Sade. editorial: Terramar.

    - Las 120 jornadas de Sodoma, Sade. editorial: Tusquets

    - Purpura profundo. Mayra Montero. editorial: Tusquets

    - Historia del ojo. George Bataille. editorial: Tusquets

    - Emmanuelle 1 Emmanuelle Arsan, La lección del hombre. editorial: Tusquets

    - Lolita, Vladimir Navokov. editorial: Anagrama

    - La Venus de las pieles. Leopold von Sacher-Masoch. editorial: Tusquets

    - Nueve semanas y media. Elizabeth McNeill. editorial: Tusquets

    - Los amores prohibidos. Leopoldo Azancot. editorial: Planeta

    - El amante. Marguerite Duras. editorial: Tusquets

    - Las edades de Lulu. Almudena Grandes. editorial: Tusquets

    No he leído pero ando buscando:

    - 1601, la primer novela porno americana en principio fue anonima y luego Mark Twain la reconocio como propia.

    - Las once mil vergas. Anonimo de 1907

    - Cartas de Venus, recopilación de cartas eróticas entre James Joyce y su esposa.

    - Mi tio Oswald

    - La alfombrilla de los goces y los resos. Li Yu.

    - Fanny Hill. John Cleland

    - Kagi, la llave. Junichiro Tanizaki.

    - Candy. Maxwell Kenton

    - Diario de una ninfómana y El otro lado del sexo. Valérie Tasso

    - Juliette o Las prosperidades del vicio, Sade (1797)

    - Diario de un viejo loco, Junichiro Tanizaki (para los amantes de relaciones con diferencias de edad / fetichismo de pies.

    - Ada o el ardor, Vladimir Nabokov (incesto entre hermanos). editorial: Anagrama

    • Sexus, Henry Miller. editorial: Edhasa.
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    Novelas y cuentos

    Grandes libros eróticos que nos hacen sentir en cada párrafo

    Seducción, pasión y sexo... La literatura de calidad que cuenta los momentos íntimos y otras aventuras de la experiencia humana. Títulos recomendados.

    DANIELA PASIK

    Sale el sol y se caldean las almas. Algún viento o lluvia fugaz obliga a quedarse en la cama. La primavera es el momento ideal para buscar el deleite. También con la lectura. Fuera de esos libros pensados burdamente para el gol, hay otros que de pronto sorprenden con historias que erotizan, pero también con escenas, sensaciones, imágenes, ritmos.

    Una novedad sexy local llegó de la mano de Pedro Mairal, que entre otros cuentos y novelas escribió Una noche con Sabrina Love (Aguilar, 2000). Hace una década, el autor también fue Ramón Paz. Bajo ese seudónimo publicaba en su blog unos poemas medio chanchos, pero también tiernos, paródicos y a la vez cachondos. SusPornosonetos (Emecé) acaban de salir en forma de libro, firmados con su nombre.

    Entre otros clásicos de los libros eróticos todos los tiempos están las obras completas de Anaïs Nin y también de Henry Miller, que juntos y por separado fueron marcando los pasos eróticos del siglo XX. Antes vino la saga de Claudine, de Colette, publicada entre 1900 y 1904. El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence, salió y fue prohibido, todo en 1928. Un hito moderno es Las edades de Lulú, el debut literario en 1989 de Almudena Grandes. Excavando más profundo, abajo siguen diez recomendados infalibles para pasar las páginas con cierto ardor.

    El amante (1984), de Marguerite Duras

    La autora ganó el premio Goncourt en Francia por el relato autobiográfico en el que, con intensidad, cuenta una historia que vincula a una adolescente de quince años y un comerciante chino de veintiséis. “La narración tiene la cadencia del río, una vibración salvaje, desplazada. Las palabras de Marguerite Duras son como el Mekong, un delta suave, hostil. Arrastran una escritura lesionada, llena de silencios y poesía porque no hay otra manera de abordar el horror y la erótica”, dice Agustina Bazterrica, autora de la novela Cadáver exquisito (Alfaguara). Esta lectura, asegura, “sirve para rescatar la sensualidad intacta de la buena literatura”. La evocación de momentos apasionados, sin obviar irrupciones de odio.

    Historia de mi vida (1822), de Giacomo Casanova

    “El libro de Casanova tiene momentos divertidos, aunque se queda un poco en los problemas numéricos. Igual, está muy bien”, dice el escritor Guillermo Martínez sobre este clásico y cuenta que lo leyó bastante mientras escribía su novela Yo también tuve una novia bisexual (Planeta, 2011). “Es literatura de tema sexual, más que literatura erótica. Me interesan, como lector y como escritor, las distintas maneras de contar escenas sexuales”, explica. La obra narra viajes, aventuras y conquistas por toda Europa.

    De Sade, todo

    Obras completas del Marqués de Sade. Donatien Alphonse François de Sade fue encerrado en distintas cárceles y asilos para locos durante la mitad de su vida por la monarquía, la República y el Imperio francés. Su crimen fue su modo de ver el mundo, y la excusa, su obra, que incluye ensayos, cuentos, obras de teatro y novelas como Justine o los infortunios de la virtud (1791) y Juliette o las prosperidades del vicio (1797), entre otras. “Se caracterizan por lo que les sobra. Y eso que les sobra, para lo que sería el régimen culturalmente aprobado del erotismo, es la violencia”, dice Juan José Becerra, autor que narra lo sexual sin pudor, como en El espectáculo del tiempo (Six Barral, 2015).

    La última noche de verano (1963), de Caldwell

    En la novela de Erskine Caldwell, la historia transcurre en un día y una noche de calor en los que el protagonista, movido por la frustración y el deseo, se lanza a una aventura sexual. “Tiene un escena muy bien lograda, que es la relación de una tía con el sobrino. La evocación que tengo es la de una lectura realmente erótica. Seguro también tiene que ver con la época, yo era joven”, recuerda Martínez.

    La sierva (1992), de Andrés Rivera

    El vínculo apasionado entre una sirvienta, Lucrecia, y un juez de la nación, Saúl Bedoya, en el Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX. Pero, con ese combustible, la novela de Andrés Rivera también indaga en el mundo del poder, la política, la corrupción y los vericuetos del alma humana. “El autor construye una relación de intimidad parasitaria, demencial, entre Lucrecia y Bedoya.

    Pero, también, con el lector porque leemos como quiere que leamos, porque nos volvemos indefensos ante los golpes austeros de las palabras, ante el goce”, casi reseña Agustina Bazterrica, que aunque leyó a este autor argentino hace muchos años, cada tanto lo relee, dice, “como un mantra”, porque “lo retengo como una aspiración y lo recomiendo como una lección de lo que significa llegar a otro nivel en la escritura”.

    Amores brutales (1993), de Carlos Chernov

    El libro del argentino, reeditado en 2001, tiene seis cuentos repletos de ambigüedad y excesos. “Me interesa mucho su modo de escribir, no tanto por el relato de la escena sexual en sí, si no por cierta extrañeza en su forma de ver al ser humano y eso también contamina lo sexual. Son todos buenos, pero hay uno de los relatos, La enfermedad china, sobre una pareja de actores porno en Estados Unidos, que es extraordinario”, recomienda Martínez.

    Canon de alcoba, de Tununa Mercado (1988)

    El compilado de cuentos ya canónicos, de esta escritora argentina de culto, fue reeditado en 2013. Bazterrica lo ubica sin dudar en su lista de “libros eróticos” que recomienda. Es un libro de pulso poético, que cruza el deseo con lo doméstico. El primer relato, Antieros, es casi una receta del goce. “Es un cuento muy bueno. En su momento lo elegimos para que integre una antología para chicos de la secundaria y provocó urticaria en algunas provincias conservadoras”, recuerda Martínez.

    La Habana para un infante difunto (1979), de Guillermo Cabrera Infante

    La novela de Cabrera Infante es como una galería de mujeres en donde el narrador es el guía que muestra cada cuadro, sexual, carnal. Martínez dice que “más allá del lenguaje del autor, que es un poco barroco”, hay varias escenas “realmente buenas” y rescata un momento: “Es una felación. Está muy bien narrada y es muy vívida de leer”.

    Roberta esta noche (1953), de Pierre Klossowski

    “Es una novela de sexo que se caracteriza por lo que le falta”, dice Becerra. “La gran escena es cuando Roberta le muestra al narrador sus piernas. Mejor dicho: la salvan de un incendio porque se le prende fuego la pollera. Ese momento es híper sexual, no es pornográfico ni del todo erótico, pero hace una especie de movimiento lírico dentro del género, hay una mujer vestida que solamente se puede salvar si se desnuda”, explica. En la obra, Roberta se ve envuelta en el extraño ritual de ofrecer su cuerpo, mientras su marido, un voyeur, observa. Un texto que se mete con particulares ceremonias e incluye en su trama la presencia de un adolescente en plena efervescencia.

    El desprecio (1954) y El aburrimiento (1960), de Alberto Moravia

    “Me gusta el tratamiento de lo sexual en la literatura como aparece en estas dos novelas. Son escenas breves y cada tanto, pero con una forma muy interesante, porque son directas, pero no brutales. Las escenas quedan impregnadas, aunque pasen los años. Una que recuerdo tiene que ver con una chica que sirve la mesa, y el narrador le sube la mano por la pierna”, dice Martínez.

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    Erotismo y ficción. ¿Cómo escriben sobre sexo los autores argentinos?

    La literatura busca formas renovadas para el relato del sexo: la belleza encuentra atajos en la intimidad insinuada.

    VERÓNICA BOIX

    Hoy el único tabú parece ser el pudor. Toda regla se esfuma en la diversidad actual de Eros. De ahí el desafío que implica escribir sobre sexo. Sin embargo, desde los clásicos, el deseo y la moral tensaron un duelo que forjó a lo largo de la historia distintos modelos para abordar el tema en la vida y en el arte. Del eufemismo al cliché, hoy el reto se vuelve casi imposible en una era en la que las imágenes parecen mostrarlo todo. ¿Cómo escribir sobre una experiencia que está sobreexpuesta?

    Se dice que la cultura contemporánea desarmó los viejos moldes y recuperó la libertad para abordar la sexualidad desde la diversidad individual. El encuentro de los cuerpos ya no es un secreto íntimo sino que se multiplica en las pantallas a la vista de todos. Solo que esa proliferación no necesariamente muestra la complejidad del encuentro con el otro. Dicho más simple: en las escenas sexuales los cuerpos suelen ser perfectos; el encuentro, apasionado; y los amantes acaban siempre. Ni hablar de la pornografía que lleva las fantasías a estereotipos ridículos.

    Y en su proliferación la imagen ubicua deja un vacío que, curiosamente, puede volverse el terreno fértil de la literatura. Al menos eso piensa el escritor argentino Andrés Neuman, que viene explorando el tema en novelas como Hablar solos o la más reciente, Fractura. “Así como la pintura se liberó formalmente al desarrollarse la fotografía, creo que la escritura queda exenta de ciertas servidumbres gracias a los estímulos audiovisuales. En la era del porno instantáneo, no necesitamos descripciones físicas, sino reflexiones sobre esos cuerpos o sobre los conflictos de sus sujetos. Pero, al mismo tiempo, el mercado audiovisual ha generado unos estereotipos físicos totalmente alienantes. Para mí, una de las funciones más ambiciosas de la literatura sería combatir esos paradigmas de belleza”.

    Neuman los combate con una sensibilidad inusual en Fractura, donde cuenta la vida de Watanabe a través de la mirada de cuatro mujeres que fueron sus parejas. Así consigue reflejar el modo en que la sexualidad se va transformando con el tiempo. ”Me conmovió narrar el envejecimiento de cinco personajes a lo largo de sus vidas, cómo su experiencia del amor, el sexo y el deseo evolucionan con los años. Quizá la belleza consista en venerar el tiempo que atraviesa las cosas”, dice el escritor radicado en España.

    Hay que desconfiar de esa presencia masiva de la imagen para contar una experiencia que resulta visual solo en sus bordes. La psicoanalista y docente de la UBA Alexandra Kohan encuentra en la literatura un espacio mucho más rico a la hora de explorar el sexo. “Las imágenes dan la ilusión de que podría ocuparse todo (un verdadero agobio). Y es ahí que la palabra viene a escandir ese “todo” y a producir resquicios por donde puede pasar otra cosa, resquicios por donde puede empezar a respirar el deseo. En ese sentido, no es que la palabra venga a disputarle un territorio a la imagen sino que, más bien, ella misma produce un territorio en el que el sexo nunca podrá narrarse del todo. La opacidad del lenguaje hace que nuestros cuerpos nos sean, además, inaccesibles per se. La imagen pretende iluminarlo todo, pero el sexo insiste enigmático y se va acomodando a la sombra, en la opacidad. Me gusta cuando Juan Ritvo dice que “un cuerpo es sombra que se adensa, forma plural hecha de una pluralidad de agujeros”. Esa densidad y esos agujeros no están en la imagen, sólo se precipitan por y en las palabras. O cuando Roland Barthes dice: “El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo”. Me parece que se trata de un deseo suscitado en las antípodas de la imagen ubicua”, señala.

    Al parecer la falta es inseparable del deseo, como bien dice Anne Carson en Eros el dulce-amargo (Fiordo), ensayos en los que la poeta canadiense explora las implicancias del amor y el deseo a partir de la obra de Safo. Sí, el tema es tan antiguo como la humanidad, pero cada época se encarga de renovar el valor de los mitos viejos.

    “La literatura puede funcionar, justamente, como un velo necesario para producir ese juego de luces y sombras, esa alternancia necesaria para que se suscite deseo”, piensa Kohan. “La potencia de la literatura está en su forma. Si puede o no explorar zonas, dependerá de cómo diga esa literatura. Nuevamente se trata de cómo hacer con las palabras para que se circunscriba una zona, no para que se revele, sino para producir una imposibilidad ineluctable: no todo puede ser expuesto; no toda la intimidad puede ser narrada porque no hay forma de saber sobre eso. Hay un hiato entre la intimidad y el saber. Por eso la literatura que pretende expresar esa intimidad, que pretende que ese hiato no existe, es la que menos me interesa. En cambio existe otra literatura que subraya ese hiato, que lo produce, que designa ese lugar por donde la intimidad se choca de frente con un muro infranqueable y estalla en mil pedazos”.

    Del encuentro entre intimidades diversas y mitos nacionales nace la novela Las aventuras de la China Iron de la escritora Gabriela Cabezón Cámara. Si en el Martín Fierro la libertad está fuera de la civilización, en esta historia está dentro de los cuerpos. Es decir en la exploración del deseo, de la identidad y del pensamiento. Hay escenas pornográficas, como una orgía gauchesca, pero también otras donde la complejidad de los encuentros deja un espacio imaginario para que el lector explore las profundidades de su propia experiencia.

    “No está toda la intimidad a la vista: nadie la muestra toda y no es tan fácil de representar tampoco –no nos olvidemos que lo que se nos muestra y lo que mostramos como “intimidad” es una representación–. En Las aventuras de la China Iron quise contar la luz de los descubrimientos: toda la novela es, en cierto sentido, eso, un intento de representación de lo luminoso, de lo alegre de la vida visto en los ojos de una chica, una nena casi, que experimenta la libertad –y la aprende yéndose de lo que la ataba materialmente, por supuesto, pero eso sucede, también por supuesto, con cierta liberación de la lengua, con juegos–. El sexo de la novela se cuenta desde ese mismo punto de vista: la belleza del descubrimiento de posibilidades que jamás se le habían ocurrido, que no sabía que existían. Por lo demás, sinécdoque, como siempre, de un goce del que es imposible dar cuenta completamente”, dice la escritora elegida para representar al país en la Feria de Francfort.

    Más allá de asumir esa imposibilidad de totalidad, persiste la necesidad de encontrar los nombres para la emoción profunda que provoca la intimidad –fugaz o duradera–. Los escritores se aventuran en imágenes más o menos explícitas para acercarse. Podría pensarse que en un extremo están los autores que privilegian un modo fisiológico, digamos que se centran en lo corporal; en el lado opuesto quedan aquellos que privilegian la solemnidad y colocan murallas al mundo privado. A esta altura las dos suenan, cuanto menos, incompletas.

    Más allá de esos opuestos, hay poéticas que logran construir una épica personal y dan con el hueso de la experiencia sexual, hecha de esos descubrimientos que revolucionan y que, de algún modo, al ser atrapadas en una escena se vuelven universales. Claro que esa no es una tarea simple.

    Así es que en La ilusión de los mamíferos (Random House), la segunda novela de Julián López, la intimidad encuentra un lenguaje indómito: los sentimientos son tan pornográficos como los cuerpos. Con una prosa poética y desbordada, López narra el encuentro de dos hombres todos los domingos. “ Cuando me di cuenta de que estaba escribiendo una novela de amor me impuse la tarea de que hubiera escenas de sexo puro y duro, quería abordar la cuestión de la lluvia dorada, la percepción del encuentro sexual como una manera de la devoción, de la rendición, del surrender, como dice en alguna parte de la novela”, dice López.

    Algo de la prosa poética de López lleva a pensar en los Pornosonetos (Emecé) de Ramón Paz, el seudónimo que usó el escritor Pedro Mairal para publicar hace años en un blog una serie de sonetos que tenían imágenes sexuales explícitas entrelazadas con experiencias de vida. Van del humor a una sensibilidad que eriza la piel.

    Si el lenguaje adopta una forma absolutamente contemporánea, la frontalidad para hablar de los cuerpos tiene raíces más antiguas. Ya en la literatura clásica pagana el sexo representaba un aspecto más de las acciones humanas. Es decir, el universo erótico no se solapaba detrás de vocabularios, tabúes o prohibiciones. Basta pensar en obras como El Satiricón, de Petronio y El arte de amar de Ovidio para entender como los romanos encaraban el tema.

    Inés Garland es escritora y tradujo, entre otras, la obra de la poeta norteamericana Sharon Olds, reconocida por su modo descarnado de hablar del sexo, la maternidad, los vínculos. Será por eso que en la novela reciente de Garland, Una historia más verdadera, el sexo se mueva entre dos amantes y los va uniendo, sin que sus cuerpos sean perfectos, ni sus reacciones ideales. Las imágenes se conforman a partir de la mirada eclipsada de una historia que ya terminó. Hay una pasión melancólica que dota de una intensidad inusual cada encuentro. Así se forma una intimidad tan singular que se vuelve la de cualquier amante.

    A decir verdad toda su obra es en alguna medida la exploración del sexo. “Creo que lo más interesante de la literatura es ese espacio que completa el lector, lograr el equilibrio entre decir y callar”, dice Garland. “Es el arte de la conversación, dejar algo en el anzuelo para que el otro se enganche, ir abriendo puertas alternativamente o juntos. Cuando todo está a la vista, el sexo me atropella, no me deja encontrar mis particularidades, no me deja explorar. La casa que tengo adentro es inmensa, hay cuartos que nunca abrí. Me interesa abrirlos. Las imágenes, tantas veces trilladas, reducen mi capacidad de completar a mi manera lo que otro considera su placer”.

    No todos eligen los velos a la hora de aventurarse en la intimidad. Basta pensar en El espectáculo del tiempo (Seix Barral) la novela total de Juan José Becerra que incluye momentos de alto voltaje pornográfico como una escena de zoofilia o el encuentro de una pareja que se filma mutuamente mientras se masturban. O la más reciente Hasta encontrar una salida (Compañía Naviera Ilimitada), la tercera novela de Hugo Salas en la que el sexo y la pornografía son explícitos, pero además forman parte de la trama ya que uno de los protagonistas es un antiguo artista porno, otra es un ama de casa que solo logra disipar la sensación de vacío cuando conoce a Alejo, el tercer personaje central, un chico que se dedicaba a ser escort.

    Como fuere, esa búsqueda por nombrar la intimidad se vuelve un verbo móvil. ¿Cómo superar la dificultad de lo que no puede asirse? “Quizás un objetivo sería resultar sugerente pero nunca eufemístico, alcanzar algún tipo de elegancia sin puritanismo. Hace poco leí unas reflexiones de Garth Greenwell (autor de la novela Lo que te pertenece) con las que me sentí identificado. En la prosa literaria, venía a decir, la desnudez corporal no puede distinguirse de la emocional. Es decir, la superficie visual como propiciadora de la acción interior: emociones, pensamientos, contradicciones, recuerdos. Ningún lenguaje analiza esos materiales de manera más completa que el verbal”, dice Neuman. En el fondo, será cuestión de seguir buscando las palabras capaces de contener el eco nítido entre la experiencia y el lenguaje para, al fin, alcanzar el espacio insondable de la intimidad.

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    Poesía

    Pedro Mairal, al son de las rimas guarangas

    El autor de La uruguaya reedita, ya no firmados con seudónimo, sus Pornosonetos, versos con un desfachatado toque machista.

    EMILIO JURADO NAÓN

    Pornosonetos de Pedro Mairal (antes publicados en ediciones dispersas con el seudónimo de Ramón Paz) ostenta el poco halagüeño récord de ser cuatro veces conservador. Es conservador en la forma, ya que la elección del soneto, y la consecuente técnica de la métrica y la rima, atrasan siglos en el desarrollo de la poesía. Es conservador en el lenguaje: un coloquialismo chato y efectista que se aferra a un léxico erótico simplón (“culo”, “tetas”, “poronga”, “tajo”, “chota” se ubican entre las voces más arriesgadas de su pornovocabulario).

    Es conservador en lo ideológico, en tanto reproduce el estereotipo del goce masculino y heteronormativo, cuyo lugar de enunciación es eminentemente fálico (“me zumba la poronga fluorescente/ como espada de jedi con estática/ me hierve la capacidad espermática/ las bolas repletísimas de gente”) y cuya destinataria de descargas eróticas se reduce a perímetros objetualizados del cuerpo femenino (“ricardo conoció a una morochaza/ y se mudó a su culo de por vida/ la morocha le dio la bienvenida/ y él tuvo entre cachetes nueva casa”).

    Por supuesto, se podría argumentar que la moral no aplica a la literatura o, antes bien, que el machismo explícito de estos sonetos es índice de ironía y desfachatez. Y es cierto que tanto el género poético vetusto como el registro oral mediocre también pueden encontrar una justificación en la excusa de ser “medio en chiste”. Es que esta tríada de conservadurismos se rescata mutuamente y no sobrevivirían dos sin la ausencia del tercero. ¿Sería interesante un soneto de Mairal sobre, digamos, el mar, la luna, el monotributo? ¿Estaría dispuesto a escribir un poema de amor en verso libre? ¿Y un poema falocentrista en verso libre?

    De alguna manera, la combinación de las tres líneas bajo una cúpula jocosa buscan poner a los Pornosonetos al resguardo de toda valoración estética. Incluso leídos desde el género soneto dejan bastante que desear; por su reiterada acumulación de conectores, las rimas fáciles (“estrellas” con “bellas”; “dura” con “calentura”) y el absoluto desinterés por trabajar la sintaxis dentro del verso y la semántica dentro de la estrofa.

    Pero el cuarto y más terrible aspecto conservador de los Pornosonetos(sería el único realmente imperdonable) es la estafa puritana de enunciar como “porno” textos incapaces de encender una excitación en quienes los leen. Porque en rigor no lo son: no son pornográficos, no incitan el goce voyeurista ni fabrican un placer en la verbalización de la sexualidad.

    Los sonetos de Mairal apenas pueden leerse como poemas de amor remanidos, repletos de lugares comunes, conjugados en el decadente tono porteño del piropo (“qué rubia más hermosa toda suave”, “qué lindo te quedaba ese vestido”); una colección de estereotipos femeninos catalogados por color y nacionalidad (la gringa, la rubia, la morocha, la negra, la brasileña, la paraguaya), en la que los pocos actos sexuales referidos quedan sepultados por una caterva de metáforas (“tengo un camión de sancor en las bolas”), elipsis (“y amazona después sobre la dura/ dejándote caer sobre tu peso”), comparaciones (“tu culo de melón superlativo”) y metonimias (“la rígida firmeza la empinada”), que los sitúan, más que en la disruptiva tradición de la literatura pornográfica, en el suave y cordial branding del erotismo comercial.

    Por eso, aunque los Pornosonetos pretendan aggiornar una poética del género (“yo tiro alguna idea y me rebota/ el soneto devuelve la pelota”) y el yo lírico añore un trip estético al lamentarse “la concha de la lora quiero un viaje/ que me lleve hasta el fondo del lenguaje”, los numerosos poemas de Pedro Mairal no se alejan mucho de las rimas simpáticas del chistoso de la clase.

    Pornosonetos, Pedro Mairal. Emecé, 152 págs.

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    Editado el 08/11/'18 12:21hs por Vizconde de Valmont
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    Kane
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    Gracias por compartir!

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    gracias por el aporte.

    -Grushenka (anónimo)

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    borgi1980
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    Muy buen aporte. Dejé anotados varios títulos ya que está muy buena la reseña. Eso si que hijo de mil padres! Ese de los pornosonoteos jajaja empecé a escribir eso de los 10 años de edad y he leído de todo por ello. Y ni hablar de las constantes prácticas. Al ver tipos que arruinan el arte así, que bronca. Sólo arruinan el arte de la poética en sí. Los independientes nos pasamos la vida cargados de hambre para no publicar basura y nunca faltan de estos que ponen cualquier mierda y ya venden por todos lados como 50 sombras de vainilla ice 😁 Perdón si se ofende algún fan de eso último pero el Marqués se habrá revolcado en su tumba cuando salió eso a la venta jajaja

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    Lole
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    Agrego "23 penumbras del deseo" Robin Book. Es una complilación. Son 23 relatos de fantasías femeninas, todas contienen elementos de dominación, escritas por mujeres. Contiene relatos para todos los gustos.

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    Vizconde de Valmont
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    Lole sabes cual es la editorial?

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    Vizconde de Valmont
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    desempolvando viejos hilos que me gusto hacer

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    StephenVinzi
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    Leí unos 15 a lo largo de mi vida de la lista de Conde de Valmont. Grushenka tambien, es verdad que está lleno de erotismo (un adolescente me lo pedía prestado una y otra y otra y otra vez, era hermano de una chica que trabajaba en la misma oficina que yo y lo mandaba a pedir por la hermana.

    El libro de Andrés Rivera, la Sierva, tiene en la tapa el cuadro que est´pa en el Bellas Artes de BsAs le lever de la bonne, El despertar de la criada donde Sívori sobredimensiona la lóngitud del muslo para que le tape la baby maker a la criada

    Shangai Baby de Wei Hui, Plataforma de Michel Houellebecq y Camiones de Ternura de Francoise Rey (ese es de los rosados, de la sonrisa vertical de Tusquet) son libros muy bueno y tiene sus partes eróticas pero como Trópico de Capricornio de Miller ej: sus antecesores vikingos viajaban, robaban mataban saqueaban... cobardes, el verdadero viaje, el que nadie se anima a hacer, es hacia adentro de uno mismo... o... como murió un chiquito, un amiguete de él escribe: "siempre dije que si Dios existiera iría tranquilamente caminando a su encuentro y le escupiría la cara" ... un tipo con todo, profundo... y las partes eróticas (Opus Pistorum también de H.M.) creo recordar que eran muy emcionantes, seguramente discurrió ADN leyendo esas páginas

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Reglas de las reuniones y eventos

Los eventos en Mazmo son muy grandes, con muchos asistentes y muchos elementos al alcance de la mano. Es por esto que es conveniente elaborar unas reglas para garantizar la seguridad de todos los participantes.

Estas reglas se dividen básicamente en tres: Los tipos de prácticas, el consumo de alcohol y una colección de reglas varias.

Tipos de prácticas

Prácticas no permitidas

Queda prohibido realizar cualquier tipo de práctica relacionada o que incluya lluvias de cualquier tipo, scat, cortes, asfixias (o cualquier juego de respiración), agujas y sangre.

Prácticas que requieren previa autorización

Debe avisarse en mesa de entrada o a algún colaborador del evento (llevan un cartel identificatorio) si se desea realizar cualquier tipo de suspensión o que involucre electricidad. En caso de autorizarse, un colaborador instruido en el tema presenciará la sesión sin participar, pero observando que todo se haga bajo un marco de seguridad. En caso de que esto último no pase, el colaborador puede (y debe) detener la sesión.

Prácticas riesgosas

En las habitaciones del evento se pueden encontrar varios carteles explicativos (algunos hasta con dibujos) sobre buenas y malas prácticas. Dónde golpear, dónde atar, etc.

En caso que algún participante observe que hay alguien sesionando que no cumple con estas buenas prácticas, está en derecho a acercarse discretamente y advertirle de buen modo el error. De repetirse, y previo informe a algún colaborador la sesión será interrumpida.

Alcohol

El alcohol puede ser un factor que transforme un juego en un mal momento. Es por eso que se establecen límites en la cantidad de alcohol consumido. Si un participante desea sesionar, no puede hacerlo si consumió por demás del límite estipulado. Asimismo, aunque el invitado no desee participar de ningún juego, también existe un límite (mayor) de alcohol permitido, después del cual no podrá comprar más bebidas alcohólicas.

El barman o el encargado de la barra se reserva el derecho de no expedir alcohol a quién no lo considere prudente.

Reglas varias

Están prohibidas las fotos y cualquier tipo de grabaciones

Para preservar la intimidad de los asistentes, aquel que sea visto con cualquier dispositivo de grabación (aunque no lo está usando) tendrá que retirarse del evento.

Personal de la organización, con su correspondiente identificación, estará en el Evento con una cámara retratando solamente a aquellas personas que explícitamente quieran ser retratadas para luego publicar dichas fotos.

Prohibido usar celular

Se prohiben los celulares para evitar que alguien pueda sentirse incómodo y sospechar que le están sacando fotos. Para evitar malos entendidos, directamente no se puede usar celular, ni para mirar la hora.

Nadie puede tocar a nadie que no se lo haya permitido

En los Eventos pueden darse situaciones de exposición. No hay que confundir esto con la invitación o habilitación a tocar a las personas en tales situaciones. Quienes no entiendan o no respeten este punto serán echados y denegado el acceso a futuras reuniones. La interacción entre dos o más personas requiere siempre de consenso explícito.

Nadie puede intervenir en una sesión en la que no participa

Salvo que se estén violando las reglas antes expuestas, nadie puede intervenir, ni nadie puede pretender participar de una sesión ajena. Se debe ser muy respetuoso ante estas prácticas.

Tu número de inscripción es el:

La dirección del lugar es .

Te esperamos el a partir de las hs



Inscribir acompañantes que no tengan usuario en Mazmo (opcional)

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